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Suponiendo que eres emprendedor, académico, estudiante de postgrado o freelance, por lo que tienes lo que muchos pares llamarían “libertad” y te contacta un headhunter para ofrecerte un buen sueldo fijo, bonos, un montón de otros beneficios y un supuesto desafío profesional que te haría rockstar en una gran organización. ¿Qué haces? ¿Vendes tu alma al diablo?

Una amiga me mandó esta oferta laboral:

oferta laboral

Si la letra es muy chica, les comento que es un cargo de Coordinador de proyecto fortalecimiento Chileatiende Digital con una renta bruta mensual de 4.800.000 pesos chilenos. Eso es algo como 7.300 USD. Por un cargo profesional (no es subgerencia, ni gerencia), es mucha plata. Al parecer lo que están buscando calza con mi perfil: liderar una iniciativa de migración de atenciones presenciales a digitales, velando al mismo tiempo por la mejora del servicio.

Hace un par de meses, un amigo extranjero que estuvo varias veces en Chile, y ahora volvía con el programa Startup Chile, me dijo que una empresa local le ofreció un sueldo de $10.000.000 para ser CTO (Chief Technology Officer – para los lectores que no son del área, sería así como gerente o director de tecnología). Eso significa unos 15.000 USD y es mucha plata para Chile y para una serie de países. Sin embargo, él decidió seguir con sus emprendimientos.

En estos casi dos años de regreso al emprendimiento y al mundo académico, he vuelto a probar el sabor de la libertad. La libertad profesional, de pensamiento, de expresión y hasta de movimiento.

El hecho de no tener que justificar una recomendación o definición estratégica a un jefe que piensa que te quieres lucir o le quieres quitar su puesto, no tiene precio. Me encanta enseñar, evangelizar, y a la vez aprender mientras enseño. Esto es mucho más valorizante cuando estás frente a alguien que quiere aprender (estudiante o cliente) que cuando tratas a toda costa que algo cambie en la organización en la cual estás y pareciera que vas solo contra los molinos de viento. Aunque como emprendedor tengas que tomar decisiones porque “debes” y no solo porque te gusta, al fin y al cabo, en el balance tienen que haber más elementos positivos que obligaciones. A eso le llamo libertad profesional. E incluye la libertad de pensamiento y de expresión. Saber que puedes transmitir libremente todo lo aprendido y vivido en tu vida laboral sin tener miedo que tu superior o tus pares se sentirán amenazados, no tiene precio. Colaborar y negociar con un espíritu constructivo es impagable. Hasta ahora he visto una colaboración sana entre emprendedores, académicos y equipos pequeños.

Tomar el café de la mañana junto con un reporte, paper o artículo profesional para instruirte, en vez de estar luchando con el transporte público de las 8 para llegar estresado y atrasado a las 9, no tiene precio.

Ver un amigo el día lunes a las 11 para tomar un café, arreglar el mundo y debatir ideas de negocios, es otro ejemplo que todos deberíamos poder hacer sin pedir permiso, ni perdón.

O bien agendar una hora al médico a las 12:30 y no a las 19 en pleno horario punta cuando las calles están llenas de gente estresada.

En lo que va de este año 2016, he pasado un 40% del tiempo viajando. Prácticamente no he parado y no he tenido vacaciones con desconexión total (tipo vacaciones clásicas de 2-3 semanas), en el sentido que el notebook y el smartphone me han acompañado a todas partes. Sin embargo, he podido ir a almorzar a la playa un jueves cuando el miércoles anterior me quedé hasta tarde terminando un informe. Y he vuelto el viernes ultra motivada y reenergizada para seguir avanzando.

Hoy en día, con aplicaciones como Google Drive (para trabajar de forma colaborativa en un documento), Skype, Slack, Whatsapp y otras, para muchos de nosotros ya no es necesario estar amarrado a un espacio físico determinado. Los equipos de trabajo remotos y distribuidos son una realidad, y cuando el rubro en el cual trabajas y estudias, te lo permite, y si es lo que te mueve profundamente, tienes que hacer que esta sea la realidad.

Es más, una de las grandes libertades que tenemos y una tremenda responsabilidad a la vez, es la de crear valor, experimentar y hacer la diferencia. Es cierto que una gran empresa te da los recursos para hacerlo, sobre todo los recursos materiales. Pero una pequeña organización te da la flexibilidad para experimentar, eventualmente equivocarte y volver a empezar.

Obviamente, tener una empresa, estudiar o ser freelance no significa hacer lo que quieres o perder la responsabilidad. Para nada. Tienes pagar remuneraciones, proveedores, impuestos y otros, asumir responsabilidades frente a tus clientes, manejar el flujo de caja, identificar colaboradores, lo que significa muchas veces hacer circo pobre, trabajar hasta tarde o no conseguir el sueño de preocupación. Mi padre me decía una vez: “si hubiese querido estar tranquilo, estaría contratado en una empresa, no velando por el futuro de mi empresa”.

Volvamos a la pregunta del inicio: ¿Qué harías? Ojo, no juzgo a ningún emprendedor que decidiría dejar lo suyo para volver definitivamente o temporalmente al mundo corporativo. De hecho, también lo hice en mis primeros años en Chile, por lo que entiendo muy bien lo que se siente y se piensa. Lo hice principalmente porque sentía que me faltaba conocer más de cómo es trabajar con los chilenos, desde adentro, y no desde la consultoría o la postura del proveedor. Y también porque necesitaba un poco de tranquilidad y menos presión en cuanto a manejo de flujo de caja. Lo otro es que había recién llegado a Chile y si bien Starbucks era mi segunda casa, no tenía aún una red de contactos local tan grande. Necesitaba salir de la casa y ver gente “de verdad”. Eso ahora ya no me pasa porque aunque colabore remotamente con varios profesionales, tengo muchas reuniones presenciales. Sin embargo, nunca juzgaré un emprendedor que sucumba a una oferta laboral “estable”. Tampoco uno que busque trabajo cuando pasa por un momento de dificultad. Pero pienso francamente que el que tiene el bicho del emprendimiento en la sangre, tarde o temprano volverá a su mundo. La libertad.

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Carmen

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